Cuando la motivación no llega

Cuando la motivación no llega y queremos comenzar a hacer una actividad que sabemos que nos va a sentar bien, aparece la frustración por no saber cómo empezarla.

Existe una frase que resume muy bien una dificultad que aparece con frecuencia: «Sé lo que tengo que hacer, pero no sé cómo empezar». Es una experiencia profundamente frustrante porque la sensación no es la de desconocer la solución, sino la de sentirse incapaz de ponerla en marcha.

En la mayoría de los casos, el problema no está en la falta de información. Se sabe que hacer ejercicio es beneficioso. Se sabe que poner límites protege el bienestar. Se sabe que acudir a terapia cuando el malestar se mantiene en el tiempo puede resultar de gran ayuda. Se sabe que dejar el teléfono móvil antes de acostarse favorece el descanso. El conocimiento está presente, pero conocer algo y hacerlo son dos cosas muy distintas.

Con frecuencia se piensa que el siguiente paso depende de encontrar la motivación adecuada. Se espera que llegue un momento en el que aparezcan las ganas, la energía o la determinación suficientes para iniciar el cambio. Sin embargo, la realidad suele funcionar de otra manera.
La motivación no siempre precede a la acción. En muchas ocasiones es la propia acción la que acaba generando motivación. Cuando una conducta se repite, aunque al principio cueste, comienza a resultar más familiar, requiere menos esfuerzo y es más probable que aparezcan sensaciones de satisfacción o de eficacia. Es decir, las ganas no siempre son el punto de partida; muchas veces son la consecuencia de haber empezado.

Mientras se espera ese momento ideal, la mente suele elaborar argumentos que parecen completamente razonables. «Hoy no es el mejor día». «Es mejor empezar la semana que viene». «Cuando haya menos trabajo será más fácil». «Primero hace falta organizarse un poco mejor». Estos pensamientos no suelen percibirse como excusas. Al contrario, resultan tan convincentes que dan la impresión de estar tomando una decisión lógica.

Sin embargo, lo que realmente ocurre es que la conducta vuelve a aplazarse. Cada aplazamiento proporciona un alivio inmediato porque evita el esfuerzo, la incomodidad o la incertidumbre que supone empezar. Ese alivio hace más probable volver a posponer la tarea la siguiente vez. Poco a poco se va creando un círculo del que resulta cada vez más difícil salir.

Con el paso del tiempo aparece una contradicción muy dolorosa. Se sigue sabiendo exactamente qué habría que hacer, pero cada vez cuesta más dar el primer paso. Esa diferencia entre lo que se sabe y lo que finalmente se hace suele generar frustración, culpa e incluso la sensación de que falta fuerza de voluntad, cuando en realidad muchas veces el problema no está en la voluntad, sino en haber aprendido a esperar el momento perfecto para actuar.

Cuando la motivación no llega

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